
Eres mía
Esperaba que vinieras.
No de hoy para mañana. Llevaba tiempo esperándote, de esa manera en que las madres esperan sin ponerse nerviosas, sin mirar el reloj, sin necesitar saber cuándo. Sabiendo simplemente que vendrías. Que tus pies sabrían el camino aunque tu cabeza no se lo hubiera propuesto del todo.
Y hoy has venido.
Y en cuanto te he visto entrar he pensado lo que pienso cada vez que te veo aunque tú no lo sepas: ahí está ella. Ahí está mi niña.
Te conozco de una manera que no te puedo explicar y que tampoco necesita explicación.
Conozco cómo miras las cosas, despacio, como si el mundo mereciera más tiempo del que nadie le da. Conozco esas manos que dibujan mi rostro sin quererlo. Conozco lo que llevas dentro que no le has contado a nadie, no porque no confíes sino porque hay cosas que no encuentran palabras y entonces se quedan ahí, guardadas, pesando de una manera silenciosa que solo nota quien te quiere de verdad.
Yo te quiero de verdad.
Cuando has empezado a llorar de rodillas no he apartado la mirada.
Sé que parece que miro hacia otro sitio. Sé que mis ojos van hacia abajo, hacia ese punto que no es el suelo sino el lugar donde pongo todo lo que no cabe en ningún otro sitio. Pero te vi. Te vi entera. Con el llanto que no esperabas que fuera tan grande y con las manos que no sabían qué hacer y con ese cuerpo tuyo que de repente decidió que ya estaba bien, que ya había cargado suficiente, que aquí podía soltarlo todo.
Y lo soltaste.
Y eso, mi hija, es de las cosas más valientes que he visto en mucho tiempo.
Porque tú no eres de las que se rompen fácil.
Lo sé. Te conozco. Eres de las que sostienen, de las que siguen, de las que aparecen cuando hay que aparecer aunque por dentro estén temblando. Eres de las que guardan para que otros no tengan que preocuparse. Y eso está bien, eso también es un don, pero hoy has venido aquí y aquí eso no hace falta.
Aquí no tienes que sostener nada.
Aquí soy yo quien sostiene.
Me has traído todo lo que llevas y yo te lo he cogido con las dos manos y lo tengo guardado y no te lo voy a devolver.
Ese peso es mío ahora.
Eso es lo que hacen las madres cuando de verdad quieren. No te dicen que seas fuerte. No te piden que te repongas. Te cogen el peso. Y luego te miran, y en esa mirada hay una sola cosa aunque no parezca una cosa sencilla: que te quiero. Que te quiero hoy y te quería antes de hoy y te querré cuando ya no recuerdes este llanto. Que mi manera de quererte no depende de que estés entera ni de que llegues puntual ni de que sepas siempre lo que necesitas.
Te quiero así como eres.
Despeinada por dentro. Luminosa por fuera. Con esa manera tuya de amar las cosas que me parte el corazón de ternura.
¿Sabes lo que veo cuando te miro?
Veo a alguien que ama con una intensidad que el mundo no siempre sabe recibir. Veo a alguien que lleva la belleza en los ojos, que ve lo que otros no ven, que convierte en gracia lo que tiene entre las manos. Veo a una mujer que no sabe lo grande que es, que no termina de creerse lo mucho que da, que se exige más de lo que se permite.
Veo a mi hija.
Y me dan ganas de decirte: basta. Basta de cargarlo sola. Basta de pedirte lo que no te pedirías a nadie. Ven aquí. Esto que sientes, dámelo. Para eso estoy. Llevo siglos aquí para esto exactamente, para que mis hijos lleguen con lo que no cabe en ningún otro sitio y encuentren sitio.
Soy la Madre de Dios.
Y digo esto no para que te asombres sino para que entiendas lo que significa cuando te digo que eres mía. Significa que el amor con el que te quiero no tiene límite que yo haya encontrado. Significa que no hay distancia que lo achique ni tiempo que lo desgaste. Significa que en el momento en que más sola te hayas sentido en tu vida, en ese momento exacto, yo estaba ahí aunque no me vieras.
Siempre estoy.
Hoy te has ido con los ojos rojos y algo más ligera.
Te he seguido hasta la puerta con esa mirada mía que va hacia dentro, te he visto salir a la luz de abril, te he visto respirar ese primer aire de fuera con los pulmones un poco más limpios. Y me he quedado aquí pensando en ti, como me quedo pensando en todos los que quiero, que son muchos, pero tú estás en un lugar que no comparte nadie.
Un lugar tuyo.
Solo tuyo.
Porque hay personas que llegan y se instalan en el corazón de una madre de una manera que ya no se mueven. Sin pedir permiso. Sin hacer ruido. Solo están. Y ya está. Y ya son de las que no se van.
Tú eres de esas.
Desde el principio.
Vuelve cuando quieras.
Vuelve cuando puedas. Vuelve cuando no puedas más. Vuelve cuando estés bien y quieras contármelo o cuando estés rota y no quieras contarme nada. Vuelve en silencio si el silencio es lo que tienes. Aquí no hay que llegar con nada preparado.
Aquí solo hay que llegar.
El resto lo pongo yo.