No es más limpio el que más limpia

No es más limpio el que más limpia

Hay personas que friegan el suelo tres veces al día. Tres. El mismo suelo. El mismo día. Como si el suelo tuviera la costumbre de ensuciarse solo entre pasadas, cosa que, pensándolo bien, quizás no va tan desencaminada.

Estas personas se consideran muy limpias.

Y probablemente lo son. Pero cabe hacerse una pregunta incómoda, de esas que uno formula mentalmente con voz muy suave para que no duela tanto: ¿quién está ensuciando a ese ritmo? ¿Vive alguien más en esa casa? ¿Un cerdo vietnamita? ¿Un equipo de rugby en pretemporada? ¿O quizás, solo quizás, la fregona está resolviendo un problema que la misma mano que la sostiene ha generado veinte minutos antes?

Pregunta retórica. Casi.

Existe, en cambio, otro perfil humano. Más discreto. Menos fotogénico. El que enjuaga la sartén antes de que el aceite enfríe. El que cierra el bote de la mermelada con la misma naturalidad con que respira. El que deja el baño exactamente como lo encontró, lo cual, en según qué casas, es un acto casi revolucionario.

Este ser extraño y admirable no limpia. O limpia tan poco que resulta socialmente sospechoso.

Su casa está impecable. Pero nadie lo ha visto con una fregona en la mano. Y en la economía doméstica del mérito visible, eso lo deja fuera del podio.

No es más limpio el que más limpia. Es más limpio el que menos ensucia.

Lo cual es una verdad tan evidente que hace falta ser muy listo para no verla.

El problema, y aquí está el quid de todo, es que fregar tiene algo que no tiene no ensuciar: tiene recompensa emocional inmediata. El suelo brilla. Huele a pino. Hay un antes y un después. Hay, incluso, cierta épica en ello. El que friega puede señalar el suelo con orgullo legítimo y decir: yo he hecho esto. El que no ensucia no puede señalar nada. Solo existe la ausencia de problema, que es invisible por definición y agradecida por nadie.

La virtud silenciosa no tiene Instagram.

Hemos construido, sin darnos cuenta, toda una civilización doméstica del espectáculo correctivo. Primero el desastre, luego la hazaña de resolverlo. Primero el café derramado, luego el papel de cocina desplegado con gesto de cirujano. Primero la ropa en el suelo acumulada durante días, luego la tarde heroica de colada que merece una ovación. El ciclo es perfecto. Es ineficiente, agotador y completamente innecesario. Pero tiene narrativa. Y a los seres humanos nos encanta la narrativa aunque nos cueste tres horas de sábado.

El que no ensucia, en cambio, no tiene historia que contar. Solo tiene sábados libres.

Esto, naturalmente, se extiende mucho más allá de la cocina. Va de correos enviados sin pensar que generan tres días de gestión de crisis. De comentarios dichos a destiempo que requieren conversaciones largas, incómodas y con mucho café para deshacerlos. De decisiones tomadas en diez segundos que se tardan semanas en reparar. La fregona aparece en todas partes. Cambia de forma. Sigue siendo fregona.

La metáfora, en el fondo, es generosa. Porque no acusa. Solo observa.

Somos, en general, mejores reparando que previniendo. Más hábiles pidiendo perdón que no haciendo. Más creativos encontrando soluciones que evitando los problemas que las requieren. Es un talento genuino. Un talento caro, eso sí. Pero talento al fin.

Y así vivimos. Ensuciando con una mano, fregando con la otra, y sintiéndonos extraordinariamente productivos durante todo el proceso.

Hay una pregunta pequeña, sin mala intención, que vale la pena hacerse un martes cualquiera:

¿Cuánto tiempo de mi semana estoy dedicando a limpiar lo que podría simplemente no haber ensuciado?

No hace falta responderla en voz alta. Basta con que la fregona, desde su rincón, haga ese ruido húmedo que hace cuando uno la roza sin querer.

Ella ya sabe la respuesta.