Manual de convivencia con alguien que vive en otra frecuencia

Manual de convivencia con alguien que vive en otra frecuencia

Existe un tipo de persona, rara, fascinante, a veces desesperante, que ha logrado lo que ningún filósofo ha conseguido: habitar simultáneamente este mundo y otro. Están aquí, sí. Sus zapatos están en nuestro salón. Su taza a medias en la encimera. Su proyecto a medias encima de la mesa. Pero ellas, en realidad, están en otra parte.

No en otro país. En otra frecuencia.

Convivir con alguien así no aparece en ningún manual de pareja, ningún curso de comunicación, ningún retiro de fin de semana. Y sin embargo, millones de personas lo hacen. En silencio. Con una mezcla de amor, perplejidad, y la sospecha constante de que quizás el raro es uno mismo.

Empecemos por el cajón.

No el cajón metafórico de las cosas pendientes. El cajón físico, de madera, con un tirador flojo que alguien prometió arreglar hace tiempo. Está lleno. No de trastos, sino de proyectos. Proyectos que empezaron con un entusiasmo genuino, casi conmovedor, y que se detuvieron en algún punto impreciso entre el principio y el final. Hay una agenda con tres páginas escritas y noventa y siete en blanco. Un cable que pertenece a algo, aunque ya nadie recuerda a qué. Una lista de tareas que lleva fecha del año pasado.

Lo más sorprendente no es que el cajón exista. Lo más sorprendente es que quien lo llenó lo considera perfectamente normal.

Hablar con este tipo de persona tiene sus particularidades.

Le cuentas algo importante, algo con peso, contexto, historia, y recibes a cambio una mirada que técnicamente está dirigida hacia ti pero que en realidad apunta a algún punto situado ligeramente detrás de tu cabeza. No es indiferencia. Es que mientras tú hablas, ahí dentro está pasando otra cosa. Algo que tú nunca verás pero que a ella le parece urgente.

Si al día siguiente mencionas lo que dijiste, existe una probabilidad razonable de que no lo recuerde. No porque no le importara. Sino porque en el momento en que lo contabas, ya estaba en otra cosa.

Esto, al principio, desconcierta. Con el tiempo, aprendes a repetirlo. La segunda vez, con paciencia. La tercera, con una paciencia algo más tensa, de esa que ya tiene forma y peso. A partir de la cuarta, la paciencia ha salido por la puerta y en su lugar aparece algo bastante más humano: la voz sube, los brazos hacen cosas, y la conversación adquiere una energía que, vista desde fuera, podría parecer desproporcionada para el tema que la originó.

El tema que la originó era, recordemos, una taza.

Pero no era solo la taza. Nunca es solo la taza. La taza es el último representante de una larga fila de tazas, cajones, conversaciones olvidadas y citas del miércoles que nadie apuntó. Cuando uno se enfada por la taza, en realidad está hablando de todo eso. Lo cual es perfectamente razonable. Lo cual, explicado en ese momento y con esa voz, no suena tan razonable.

Y entonces ella te mira, esta vez sí, directamente, y dice que siempre estás igual.

Existe además un fenómeno sonoro que merece mención especial.

El suspiro.

No el suspiro ocasional que todos emitimos cuando algo nos pesa. Hablo del suspiro como estilo de vida. Del soplo largo, profundo y ligeramente dramático que precede a cualquier cosa que requiera esfuerzo. Levantarse del sofá produce un suspiro. Buscar algo en el bolso produce un suspiro. Pensar en lo que hay que hacer mañana produce dos, como mínimo. Rellenar una lista, seguir una instrucción de más de dos pasos, o recordar dónde está algo que ella misma dejó viene acompañado de ese sonido inconfundible, mezcla de resignación cósmica y fatiga existencial.

Al principio uno pregunta si se encuentra bien.

Luego uno entiende que sí, que se encuentra perfectamente, que así es simplemente como suena su relación con el "esfuerzo".

Lo más llamativo es que esta misma persona, ante algo que le interesa de verdad, puede estar horas sin despegar los ojos, sin un solo suspiro, sin el menor síntoma de cansancio. El agotamiento, se descubre con el tiempo, es altamente selectivo.

Y sin embargo.

Sin embargo, hay algo en todas estas personas dispersas, y ruidosamente cansadas que no abunda. Una capacidad de entusiasmo que no se ha gastado. Un mundo interior tan activo que a veces se les escapa por los ojos. Una forma de ver las cosas que a nadie más se le ocurriría.

Vivir con alguien así no es fácil. Pero tampoco es, si uno lo piensa despacio, una vida aburrida.

Ah, y una última cosa.

Quien convive con todo esto suele acabar siendo, a ojos del mundo y sobre todo a sus propios ojos, el raro de la pareja. El que se queja. El que insiste. El que saca otra vez el tema del cajón como si el cajón fuera una cuestión de estado.

Desde fuera, ella parece relajada, creativa, espontánea. Uno, en comparación, parece alguien con una relación excesivamente intensa con el orden doméstico.

Lo que nadie ve es que antes de que ella pareciera tan tranquila, alguien cerró el cajón, recogió la taza, y repitió por tercera vez lo de la cita del miércoles.

Pero bueno. Los locos también tienen su utilidad.

El cajón sigue lleno. La taza sigue a medias. La conversación de ayer habrá que repetirla. Y aun así, hay algo en todo esto que, si uno aprende a mirarlo sin prisa, tiene su propia forma de sentido.

No todo lo que no se termina está abandonado.

A veces, simplemente, todavía está en marcha.

Y si quien lee esto se ha reconocido en alguna página, que sepa que este texto no lo escribe el enfado. Lo escribe alguien que la conoce bien, que a veces pierde la paciencia, y que escribir todo esto con humor no significa querer menos. A veces significa exactamente lo contrario.