
Hay días en los que uno tiene la sensación de que todo está sostenido con cinta adhesiva invisible.
No hablo de grandes catástrofes. Hablo de lo pequeño. De lo diario. De ese tornillo que nadie aprieta. De esa gestión que nadie revisa. De esa llamada que nadie devuelve. De ese responsable que no responde. De ese jefe que mira al techo esperando que el problema se disuelva solo.
Y lo sorprendente no es que algo se haga mal. Eso pasa siempre. Lo verdaderamente inquietante es que nadie lo corrige. Nadie se siente aludido. Nadie se incomoda lo suficiente como para decir: “esto no está bien”.
Vivimos en una época curiosa. Si algo molesta, se normaliza. Si retrasa, se asume. Si está mal gestionado, se archiva mentalmente bajo el título “es lo que hay”. La excelencia no se persigue; se tolera lo justo para que nada se hunda del todo.
Lo más fascinante es la administración pública. Ese universo paralelo donde el tiempo no corre, flota. Donde una gestión sencilla adquiere la densidad de una epopeya. Donde la responsabilidad se diluye como el azúcar en el café tibio. No es ineficiencia puntual. Es sistema. Es estructura. Es cultura.
Y mientras tanto, todos convivimos con esa sensación de que algo va a explotar. No hoy. No mañana. Pero algún día. Porque cuando nadie corrige lo pequeño, lo pequeño se acumula. Y lo acumulado pesa.
Lo irónico es que luego nos sorprende el colapso. Como si el caos apareciera de la nada. Como si no lo hubiéramos alimentado con cada “déjalo así”, con cada “no es cosa mía”, con cada “bastante hago ya”.
No me incluyo —o al menos lo intento— porque la única forma de no contribuir a la explosión es hacerse cargo de lo que uno toca. No arreglar el mundo entero. Solo lo que pasa por tus manos.
Quizá el problema no es que todo vaya a explotar.
Quizá el problema es que nos hemos acostumbrado a vivir sobre la pólvora y fingir que es alfombra.
Y eso, aunque lo digamos con ironía, no deja de ser preocupante.