Cuando nadie cuida nada y todos actúan como si no pasara nada

Me siento a comer en la terraza de un bar. Nada especial. Un sitio al que voy a menudo, de esos en los que uno entra sin expectativas porque ya sabe lo que hay. La comida no es gran cosa, pero es cómoda. O lo era.

A mi lado, una mesa decide ambientar la comida. No con conversación, no con risas, sino con vídeos de móvil a todo volumen. Audios, música, mensajes. Todo junto. Todo fuerte. Como si la terraza fuera una extensión de su salón y los demás estuviéramos allí para acompañar el ruido.

Nadie dice nada. Yo tampoco. No porque esté bien, sino porque ya sabemos cómo funciona esto. El que molesta actúa con tranquilidad. El que intenta mantener un mínimo de convivencia es el que se lo piensa dos veces.

Pido la comida. Me traen el pan. Blando, pasado, sin ganas. Miro alrededor. Otras mesas tienen otro tipo de pan. Mejor. Más reciente. No es grave, pero es significativo. Cuando te conviertes en cliente habitual, parece que dejas de ser cliente para pasar a ser costumbre. Y la costumbre, al parecer, se cuida menos.

Pido un café corto. Lo digo claro. Café corto. Me traen un café largo, de esos que parecen una infusión con recuerdos de café. No es la primera vez. Tampoco será la última. Ya ni preguntan. Ya deciden por ti.

Y ahí es cuando uno entiende que el problema no es el pan ni el café ni el móvil. El problema es el mismo en todas partes: la falta de respeto en lo pequeño. Nadie cuida las normas básicas. Nadie cuida al que tiene delante. Nadie se para a pensar que quizá el otro espera, como mínimo, ser tenido en cuenta.

El cliente no se cuida. El entorno no se cuida. La convivencia no se cuida. Todo funciona por inercia. Y la inercia suele ir cuesta abajo.

Lo curioso es que luego nos sorprendemos cuando alguien se enfada, cuando el ambiente está tenso o cuando todo parece un poco más desagradable de lo necesario. Pero la explicación es sencilla. El respeto no se pierde de golpe. Se va desgastando a base de pequeños gestos ignorados.

El móvil a todo volumen. El pan que no toca. El café que no se escucha. Detalles. Siempre detalles. Hasta que un día te das cuenta de que ya no eres cliente, ni vecino, ni compañero. Eres solo alguien más al que nadie presta atención.

Y entonces entiendes que el verdadero problema no es que la comida sea mala. Es que nadie se molesta en hacerlo mejor.

Ni con las normas, ni con las personas.